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Opinion

El cuadrado mágico

Luxemburgo Vanderlei era un visionario, pero con una mala visión. Intentó montar en el Madrid un sistema novedoso que fracasó estrepitosamente

De cuando en cuando llega un “visionario” al fútbol europeo, un hombre que cree haber descubierto la clave definitiva que cambiará el mundo del fútbol y que con él, todo cambiará.

Hay quienes lo han conseguido: presión por todo el campo de Sacchi o la imposición de un fútbol control de toque de Guardiola son algunos de los ejemplos de los hombres que han querido, y conseguido, cambiar la concepción de este deporte.

Pero no todos los visionarios han llegado a lo que deseaban ser, cayendo por una u otra razón y quedando en el olvido como simples y extravagantes personajes. Uno de ellos era Vanderlei Luxemburgo.

El técnico brasileño llegó al Real Madrid en enero de 2005, con un equipo galáctico que no era capaz de levantar cabeza tras caer con todo el equipo a finales de la temporada 2003-2004. Los jugadores y directivos se las apañaron para hacer que Camacho dimitiera y su sustituto, García Remón, no había sido más que un parche con poco éxito.

A doce puntos del Barcelona en la Liga, encajado contra la Juventus de Capello en octavos de Champions y con una plantilla corta para encarar una Copa que había traído penurias al equipo cada vez que intentaba lanzarse a por ella, el reto de “Luxa” no era extraordinariamente ambicioso: el mínimo impuesto era clasificarse para Champions como segundo en Liga para evitar la ronda previa, pero la “Décima” era una obsesión que el club estaba empezando a saborear.

Ese primer año fue relativamente positivo, ya que a pesar de no ganar nada se cumplió el objetivo de quedar segundos y con unos números bastante aceptables: 80 puntos (récord por aquel entonces tras el Madrid de Capello de 96/97) y una formidable goleada al Barcelona en el Bernabéu, en la que se creyó que la Liga era posible.

En Copa y Champions se cayó contra Valladolid y Juventus, pero contra el primero se presentó voluntariamente un equipo suicida de canteranos y frente al segundo, el Madrid tuvo serias opciones de pasar, siendo mejor durante la mayoría de la eliminatoria, frente a un equipo al que todos daban como indiscutible favorito semanas antes de la eliminatoria.

Luxemburgo lideraría el proyecto del siguiente año madridista y pondría en práctica su famoso dibujo con el que pretendía cambiar el fútbol: el cuadrado mágico, un 4-2-2-2 al más puro estilo brasileño en el que pretendía prescindir de extremos y utilizar un sistema con cuatro centrocampistas que supieran intercambiar sus posiciones, dos puntas móviles y carrileros en cada banda.

En diciembre de 2005 Luxemburgo era cesado y su cuadrado mágico objeto de burla, pero ¿cómo pudo fracasar tan estrepitosamente de un año a otro? La respuesta puede atribuirse a varios factores: la falta de centrocampistas útiles para el esquema (Gravesen, Pablo García, Baptista, Zidane, Beckham y Guti eran los hombres disponibles, ninguno con un perfil especialmente adecuado para el dibujo), delanteros demasiado entrados en años y falta de perfil adecuado en los carrileros (de entre Roberto Carlos, Raúl Bravo, Diogo y Michel Salgado, solo el primero era del perfil), una enorme plaga de lesiones que obligó a jugadores como Ramos a ser habitual en el mediocampo, una falta de paciencia alarmante por el tercer año sin resultados y la visión de un Barcelona que empezaba a llevarse todas las alabanzas que antes se llevaban los madridistas.

Sea como fuere, Luxa fue cesado y volvió a Brasil con ese famoso esquema que quiso y no pudo cambiar el fútbol.

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